lunes, 12 de mayo de 2008

Jaime Laredo

Jaime Laredo:
Foto de Christian Steiner

sábado, 10 de mayo de 2008

II. El Concurso de Bruselas

JAIME LAREDO

II. El Concurso de Bruselas

Don Franklin escribió la biografía de Jaime Laredo en 1959, a pocas semanas de que el gran violinista ganara el Concurso de Bruselas, convocado por la Reina Isabel I de Bélgica en mayo de ese año. El lunes completaremos toda la biografía editada en Cochabamba con motivo del recibimiento triunfal que se le tributó a Laredo.

La Reina Isabel de Bélgica, viuda del Rey Alberto I y abuela de Balduino, el actual soberano de esa nación, tiene entre otros méritos el de ser una violinista de talento y un espíritu inquieto y promotor de la cultura musical. Desde su elevada posición, patrocina el Concurso Bienal de Bruselas que, desde hace dos décadas,[1] viene ganando merecido prestigio hasta alcanzar la fama de ser, junto con el de Moscú, uno de los festivales de arte más serios del mundo. En él participan sea como organizadores, jurados o concursantes, los músicos de mayor talento procedentes de los cuatro puntos cardinales. La edad de los aspirantes a los premios está limitada entre los dieciocho y los treinta años. Los antecedentes de los postulantes deben contar con la recomendación de maestros o institutos de prestigio universalmente reconocido.

En el concurso alternan la composición, la ejecución de piano o la de violín. En este último caso, el competidor debe salvar tres pruebas de progresiva dificultad técnica, la tercera de las cuales consiste en interpretar un concierto para violín y orquesta elaborado especialmente para el concurso. El compositor francés Darius Milhaud,
[2] uno de los más significativos de la música moderna, recibió el encargo de escribirlo.

Jaime Laredo acepta el reto de Bruselas y el 5 de mayo de 1959, armado del famoso violín Stradivarius, conocido con el nombre de “El Emperador”, que le facilitara la Fundación John Phipps, de Nueva Cork, saca bolos para la primera rueda eliminatoria del concurso junto con ochenta y tantos competidores.
[3] De éstos, llegan a la segunda rueda veinticuatro y, a la tercera, los doce finalistas que deben decidir puestos ejecutando el hasta entonces desconocido concierto de Milhaud.

En la segunda prueba, Jaime interpreta la Sonata N° 4 de Eugenio Ysaye sin desperdiciar ninguna de las posibilidades sonoras del texto… Luego ataca con maestría la temida partitura de Jean Absil, profesor de armonía del Conservatoria de Bruselas. Haciendo gala de estilo brillante, ejecuta el malabarista Scherzo en Sol Menor de Wianiaiwski y, después de ser ovacionado triunfalmente, ejecuta, ya más seguro de símismo, la parte final del Concierto en Sol Menor de Max Bruch. El gran violinista ruso David Oistrakh, no obstante su calidad de miembro del jurado calificador del concurso, no puede reprimirse entonces el impulso de decir a Jaime: “You are the best” (Tú eres el mejor). Pero aún queda la última prueba para la cual los doce finalistas permanecen incomunicados durante una semana en la Capilla Musical de la Reina Isabel, situada en los aledaños de Bruselas. Ahí ellos estudiarían de memoria y sin ensayar con la orquesta las cincuenta y cinco demoníacas páginas del Concierto Real de Milhaud.

La partitura de un concierto para violín y orquesta es el dibujo de un tejido sonoro en cuyos trazos duermen los misterios de la música como en un capullo. Llega el momento en que un centenar de extraños seres humanos vestidos de negro al templar sus instrumentos musicales expanden como incienso el rumor sutil de la materia; entonces el capullo se estremece, cunde la sombra, pesa el silencio, y a una señal del Director que oficia de Sumo Sacerdote, surge el concierto palpitando el violín como genio huidizo y estimulante de ansias inefables.

El 28 de mayo llega la prueba decisiva en que Jaime descubre la obra de Milhaud, toca las Seis Danzas Rumanas de Bartok y finalmente el Concierto en Re Menor Op. 47 de Sibelius. Si en Milhaud sólo “Albert Marcov, de Rusia, y él realizaron la hazaña de obtener el máximo partido”, fue con el Concierto de Sibelius que Jaime afirma su superioridad al desarrollarlo con ímpetu controlado y claridad tal, que a momentos –como el de la cadencia—parece que de su arco brotaran las palabras para conferir a la melodía su significado preciso.
[4] “No hubo en la sala nadie que no hubiese sido impresionado por la interpretación de Laredo –escribe el crítico Paul Tinel, de Bruselas--, interpretación cargada de reflexión y de una vida sentimental que el artista transfirió en ardiente estremecimiento”, logrando así un soberbio equilibrio que tenía la firmeza de la roca de grano apretado y duro.”[5]

Un atronador aplauso siguió a la actuación de Jaime. El Director de la Orquesta de Bruselas, Franz André, acariciándole las mejillas, le dijo: “Has tocado como un ángel”, pero ¿cómo adivinar lo que pensaban los jueces? El fallo que lo declaró vencedor se hizo esperar hasta la 1 y 15 de la madrugada del 31 de mayo, en que Jaime fue llamado por Galamian, Oistrakh, Grumiaux, Gioconda de Vito, Yehudi Menuhim, Francescatti, Marcel Cuvilier y demás miembros del numeroso jurado. En tal apremio, olvidando el héroe toda circunspección y protocolo, corrió a su maestro Iván Galamian, a quien abrazó y besó. Este momento descubre ternura y gratitud que maestro y discípulo conjutan con emoción intensa, mientras las celebridades del jurado inclinan la mirada, pensando acaso que no existe un eslabón de la verdad más puro, más liberado de las sombras del egoísmo o del prejuicio, que el afecto entre maestro y discípulo de talentos, cuando a éstos ha elegido el destino luminoso de la cultura. Y así concluyó “la batalla musical de tres semanas seguida ávidamente por el público a través de la primera página de todos los periódicos y de todas las radiodifusoras del mundo, las cuales cubrieron sus noticias en forma excepcional hasta las últimas horas del 31 de mayo de 1959.”
[6]

“Al tesoro que contiene todos los tesoros, como el que Fausto deseaba tener en la edad que florece y espera –dice también Tinel—Laredo añade el privilegio de una madurez precoz; pero si es musicalmente ya maduro, su corazón sigue siendo y creo que siempre lo será el de un niño embebido de gratitud y de modestia. Cuando llama por teléfono a sus padres que están ansiosos al otro lado del Atlántico, les dice: “El premio que acabo de ganar es vuestro y la medalla lucirá mejor en el pecho de mi madre”… “Perdónenme si no les puedo escribir largo porque la responsabilidad que he adquirido me impone trabajar sin interrupción para superarme.” Y así fue en efecto. En sus actuaciones posteriores de Bruselas, como el memorable concierto de gala que dio ante la realeza, Jaime deslumbró. Al escucharlo, ya no interesarían los laureles ni las vidas puestas en tensión para cosecharlos, es la belleza del nuevo hecho de arte, en sí mismo, el que hace la paz y la alegría en el corazón. Y fue por ello que la Reina Isabel, vestida de pureza, los grandes maestros y críticos de la música y el delirante público que lo escucharon, pusiéronse de pie para aplaudirle e imponerle una nueva medalla en nombre de la ciudad de Bruselas, medalla que Jaime recibió expresando “que no era para él sino para el pueblo de Bolivia, su patria.”

L
a vida es para el hombre un dramático ensayo, un problema a cuya solución final jamás se llega. Quizá por ello cierta vez el poeta alemán Goethe díjole a su biógrafo Eckermann: “Me han pintado siempre como a un hombre extraordinariamente favorecido por la suerte y no quiero quejarme ni maldecir del sino de mi vida. Pero es lo cierto que, en el fondo, esta vida mía no ha sido otra cosa que fatiga y trabajo, y puedo asegurar que en los setenta y cinco años que llevo en este mundo, apenas si habré disfrutado cuatro semanas de una dicha que merezca ese nombre”. Si eso dice Goethe, que ha sido una de las personalidades más equilibradas de la Historia, en cuán pocos días de felicidad verdadera podríamos evaluar nuestras vidas los demás mortales, y cuánta gratitud debemos a las personas o circunstancias que nos los han proporcionado.

El domingo 31 de mayo de 1959 fue un día transparente para los bolivianos porque a todos nos regaló momentos de felicidad la noticia de que Jaime Laredo había obtenido en el Concurso de Bruselas el primer puesto entre los violinistas de la nueva promoción mundial. Para los padres y hermanos de Jaime, cuyas vidas sincronizaron esfuerzos durante once años para poner en órbita a una estrella boliviana, la noticia causó el inefable sentimiento de felicidad que se expresa con silenciosas lágrimas. “Todas mis ilusiones se han realizado así, en un solo instante –dice el padre de Jaime--, de verlo, por un lado, poniendo en alto el nombre de su patria, y por otro, recibiendo de su tierra todo el respaldo y aliento que necesita para seguir luchando y recogiendo laureles.”
“Pronto me tendrán en Bolivia –escribe a sus amigos al día siguiente mismo del triunfo de Bruselas--. Allí seguiremos trabajando por instituir festivales de música si es posible anuales, que hagan de Bolivia una fuente de arte musical y un centro sudamericano.”

A nombre de esos amigos que hoy son una muchedumbre de corazones, quiero contestar diciendo: Gracias a ti, Eduardo Laredo, a tu esposa Elena, a tus hijos Marta y Teddy, con quienes levantaste andamios para construir esa estrella. Te esperamos, Eduardo, en la tierra que añoras. Aquí la situación mucho ha cambiado; según unos en bien, según otros en mal, pero es lo cierto que nuestras casas no se han reconstruido y las madres han envejecido entristecidas, mas para ti, Eduardo, hallaremos una casa que sea símbolo de madre, bajo este cielo nuestro que es el mismo, y esta luz, que siempre andina y luminosa, deja ver en la lejanía los detalles del paisaje. Un día subiremos hasta Siaco, el huerto donde encontraste a tu compañera. Allí ya no florecen las camelias, pero desde su altura miraremos cómo crece el maíz en los campos peinados por el arado. Y observaremos cómo se construyen las nubes que, así como la música nace del silencio, surgen en el espacio creadas por artistas invisibles y paseando su sombra por campos y colinas, se encrespan y modulan expresando –también como la música—la fantasía de la imaginación que las contempla.

Gracias a ti, Jaime Laredo, from Bolivia, que nos haces levantar la frente con orgullo. Gracias a los maestros que por intermedio tuyo extendieron a la juventud colectiva enseñanza. Y gracias a todos los hombres de la tierra que hacen tiempo expresivo del espíritu y, para lograr la cultura y la fraternidad humanas, se comunican por las más sutiles ondas del corazón y el intelecto.

Gracias, en fin, a ti, verdad entera, que nos regalas por amiga a la esperanza.
[1] Esta nota es de 1959.
[2] Junto con Durey, Poulan, Auric y La Tailleferre, formó el llamado grupo de “Los Seis de Francia”. Vive afectado por una parálisis que le obliga a dirigir la orquesta de sentado.
[3] En este momento, el conocido crítico de Washington, Paul Hume, predijo: “Jaime Laredo, que hace poco nos dejó soñando con su recital en Washington y a quien comparé con Heifetz, Francescatti y Oistrakh, está ahora concursando en Bruselas. Si Jaime no gana el primer premio, yo quisiera conocer y escuchar al violinista que lo pueda superar.”
[4] Las grabaciones de éste y otros conciertos fueron transmitidas en Bolivia.
[5] Diario Le Soir, de Bruselas, de 30 de mayo de 1959.
[6] Diario La Nación, de La Paz, Bolivia, de 9 de junio de 1959.


Canto Popular conserva plenitud de hace 30 años

Por Kilín Anaya

Los Tiempos, 9 de septiembre de 2007

El grupo, acompañado de la Orquesta Sinfónica del Instituto “Eduardo Laredo” y su estudio de danza contemporánea junto a los caporales “San Simón” estará en “El Campo” los días 13 y 14 de septiembre


Por: Kilin Anaya



Cuatro días a teatro lleno de martes a viernes pasado, el público se arremolinó en la antesala del Achá para presenciar una puesta artística en escena que ha marcado historia por su calidad coral, orquestal y escenográfica del estudio de Danza Contemporánea del Instituto “Eduardo Laredo” que junto a su Orquesta Sinfónica acompañó al grupo Canto Popular en su regreso aniversario por treinta años de canto comprometido con la democracia, la paz social, la niñez y la mujer.

La atmósfera del teatro Achá contenía la concordancia de un público que se reencuentra con temáticas afines a las banderas de reivindicación social que le dieron significado a varias generaciones, siendo aún vigentes en un contexto político actual incierto, en este encuentro se reafirman sentimientos y pensamientos con aquellos contenidos que no han perdido un ápice de su vigencia y de los cuales hoy más que nunca sentimos su ausencia en una demanda, que desde lo artístico, llama a la paz y unidad de la nación en un marco de justicia social.

Canto Popular es vanguardia de la canción de contenido social en Bolivia, salvando el mucho trecho de la lectura de la libertad de panfleto y saltando el “estravismus trovadoris” de trasnoche, sus integrantes han estado siempre comprometidos con el mensaje que compromete su actuar.

Este singular conjunto, en sus orígenes netamente coral, se formó en la década de los años 70 entre estudiantes del Instituto “Eduardo Laredo”.

La voz indiscutible de Canto Popular, nace de Julio Cesar Ocampo notable tenor, abogado de profesión y defensor de la democracia, es actual Vocal de la Corte Electoral Departamental; la voz fiel que le acompaña es la de Barítono, a cargo de Julio Alberto Mercado, recitador y de indiscutible llegada al público este arquitecto entregado a nuestra universidad ha aportado con mucho al desarrollo cultural del país.

La notable voz de Bajo es natural al Jorge “Pulga” Canedo, arquitecto urbanista promotor de la vivienda popular moderna en el país y actual proyectista del modelo urbano de nuestra ciudad. Junto a ellos, desde su origen otro laredista: Ramiro Ocampo, barítono extraordinario, economista y de especial genio en el diseño de proyectos de desarrollo, suma al grupo a su hijo Bruno Ocampo, cantante Tenor de gran talento que ya se ha medido como solista en los mas prestigiosos escenarios de nuestra ciudad, es la joven promesa de dar continuidad a este gran proyecto artístico.

La organización de este espectáculo que se perfila sin duda alguna entre las mejores puestas escenográficas de la década, ha sido hercúlea, a pulmón y atravesada por la consigna de recaudar fondos para el Instituto Laredo. Desde ya, fue una lástima no poder contar, para la primera etapa con el excelente Gastón Gonzales.

A cambio le apostamos a la travesía del océano Atlántico del Pisq’o, Luis Chugar Panozo, que radicado en París, abandonó una gira por Grecia para alcanzarnos con la pureza sonora que solo él y no se sabe a través de que secretos, le extrae a sus instrumentos de vientos andinos; Eolo, Dios del Viento, como se le conoce en este hemisferio del planeta.

Pero no acaba allí, el reclutamiento de los “Cantos” ha sido arduo y ha dado sus frutos, también contactamos al “palito”, Gonzalo Fuentes, que con un charango de fábula le pone el sello de hecho en Bolivia a este espectáculo, que con buen viento y fortuna cuenta con un músico de renombre internacional, el cantautor y fanático de Serrat, Marco Lavayén en la primera guitarra y Marcelito Aguilar, actual bajista de La Manzana, en el Bajo, jha! que lujo! Por último, la artillería pesada, traducida en un equipazo de percusión a cargo del querido laredista –reciente bachiller y llegadito de Cuba- Luis Mercado en la Batería y Mauricio Cardona experto en percusión latina.

He guardado el último párrafo para dedicarlo a la gran ausencia. Residente en Brasil, con el Laredo en el pecho y siendo una de sus mas brillantes promesas, ahora cumplida; vive en Río de Janeiro un extraordinario compositor cochabambino



DISCURSO PROMOCIÓN 1970

DISCURSO PROMOCIÓN 1970

Primeros bachilleres en Humanidades y Música. 1970. Palacio de la Cultura


Franklin Anaya Arze

Valiosas referencias a la historia del Instituto Laredo y de la Academia "Man Cesped" hizo Don Franklin al despedir a los bachilleres "dinosaurios" de nuestra Comunidad.

Henos aquí reunidos con motivo de la primera promoción de Bachilleres en Humanidades y en Música del Instituto de Educación Integral y Formación Musical “Eduardo Laredo”, que la festejamos con una velada de Arte, seguros de haber obtenido un resultado positivo después de 10 años de labor educativa no interrumpida. En efecto, el Instituto no ha conocido las huelgas ni las vacaciones sino de modo excepcional, debido al carácter de los estudios artísticos y a la necesidad de aprovechar los períodos libres en la preparación de las giras de nuestros niños a lo largo y ancho de casi todo nuestro territorio.

Las resistencias sicoprofesionales a que da lugar todo cambio motivaron el año pasado que el Magisterio local nos declare personas ingratas para su causa a los responsables del Instituto por el hecho de que no nos plegamos a las huelgas. En el presente año, cediendo a las presiones, hemos suspendido labores durante la última y prolongada huelga, perjudicando no solamente la instrucción de nuestros alumnos sino desbaratando la obra de extensión artística a que está obligado el Instituto.

Si existe voluntad de parte de profesores y alumnos para pasar clases de coros, instrumento, danza, idiomas, etc., durante las vacaciones, privándose unos y otros de holganza y sin cobrar aquéllos sobresueldos alguno, ¿puede exigírsenos que mediante las huelgas coadyuvemos a la demolición de lo que construimos con desvelo?

Ustedes saben que para el Instituto escogemos a los alumnos mediante un complejo examen de inteligencia, conocimientos, sensibilidad artística y personalidad. Hasta el año 1967 las calificaciones obtenidas por los niños aspirantes en dichos exámenes fluctuaban entre 5,3 y 6,7 sobre 7. Los alumnos seleccionados para el año 1971 acaban de obtener en relación a 1966 notas que fluctúan entre 3,8 y 5,6. Este descenso de preparación tan extraordinario es naturalmente el resultado de las sucesivas promociones por Decreto. Resultado lóbrego porque denuncia la degeneración de la mayor riqueza que puede tener un país, que es la de sus recursos humanos. Resultado que invita a pensar si no se debe elegir otra estrategia sindical menos autodestructora.

He dicho también que nuestra labor ha sido positiva porque los bachilleres que hoy se gradúan lo son verdaderamente. Nunca recibieron calificaciones de influencia o adulación, abultadas o disminuidas. Ninguno pasó de curso por Decreto, pues aquéllos que se habían rezagado tuvieron que pasar de curso amparados por la Ley, pero también a otro colegio. Así pues, como Director del Instituto, doy fe de su buena índole, de la bondad de sus corazones, de su alegría de vivir, de su inquietud por la cultura, de la seriedad de sus mentes y de su inocencia política. No les hemos dado reposo durante sus 9 años de permanencia en el Colegio, que no sea el del estudio mismo cuando se lo hace cantando. Y, a propósito, recuerdo con alegría aquella vez en que los profesores de primaria me contaron que, en los tiempos destinados a ejercicios, los niños se ponían a cantar con toda naturalidad, arte y gusto que habrían querido ellas, sus maestras, detener el mundo en ese instante. Recuerdo también que, ante la visita de un vecino cuyo dormitorio colindaba con el galpón de ensayos corales, me adelanté a presentarle mis excusas por no haber hecho poner vidrios a las ventanas; pero aquél me dijo: “Precisamente vengo a rogarle que no haga tal cosa, porque sus niños alegran mi despertar y me hacen ver el mundo con mayor optimismo.” Sin embargo de la belleza que encierra esta manera de vivir el colegio, yo me pregunto si aquellas cualidades de que he dado fe les serán valederas para enfrentar su nueva vida. Estoy seguro de que no tendrán tropiezos en la Universidad; pero, ¿en la vida social y política? Ellos salen de nuestras puertas sin malicia para ingresar al mundo de contradicciones y premura de hoy; a la sociedad de la angustia, la soledad y la ficción; a la “patria” de los enmascarados en que la “revolución” en boga preconizan los ricos para ser más ricos.

De los bachilleres de esta promoción, no todos empezaron sus estudios en primaria. Cuatro de ellos se incorporaron en Secundaria y vencieron sus estudios, cosa nada fácil si se considera que el programa en algunas materias es más amplio y el ambiente escolar distinto. En esta situación están Teresa Aparicio, Patricia Wormald, Fernando Mercado, Jorge Muñoz y Francisco Ávila. Los dos últimos han sido los mejores alumnos de su curso y Ávila un buen guitarrista; todos ellos seguirán carreras universitarias y Ávila piensa estudiar la electrónica del sonido, que tan grandes perspectivas tiene para la técnica moderna.

Lamentablemente he tenido el placer de ser maestro de todos ellos y en conciencia no estoy capacitado para enjuiciar sus personalidades. Sin embargo, diré que Patricia Wormald, así como es bella su voz, es también noble su espíritu; colaboró al Instituto con cariño y ganó rápidamente el afecto de sus compañeros y la gratitud de la Dirección.

De los demás muchachos, si el tiempo lo permitiese, me gustaría hablar con detenimiento, pues fueron mis alumnos de Música y camaradas en las giras y actuaciones artísticas. Jenny Cabrera se caracterizó por su discreción y disciplina; Soledad Gutiérrez, por su talento para los idiomas; Sarah Milán, por su voluntad inconmovible, es buena guitarrista; Mabel Ortuño, por su ánimo de colaboración y sentido del humor; Juan Carlos Mérida, siempre excelente en todo, ecuánime y sereno en sus juicios, representó a su curso y su Instituto, de talento para la Armonía; Gonzalo Quiroga, buen cantor y armonista, soñador y deportista, pulcro en su trabajo, muchacho de corazón puro; Jorge Canedo, con temperamento de líder, bajo excelente, mucho y buen sentido del humor; Juan Guzmán, nuestro principal pianista, será el único que siga exclusivamente la carrera musical: tocó exitosamente con la Sinfónica Nacional un concierto de Haydn; desde muy pequeño se privó de los minutos del recreo escolar para estudiar el piano. Por último, Juan Carlos Santa Cruz, a quien vi hace 8 años cantando como solista del Coro de los Niños y a quien debo despedirlo como a un hombre. A todos ellos quiero decirles que junto a sus padres me siento orgulloso y feliz y aunque mi vista se acorte con los años, seguirá buscando la luz de sus destinos.

LA ACADEMIA "MAN CESPED"

En este momento culminante creo oportuno hacer una relación del desarrollo singular de nuestro Instituto:

En 1960 fui nombrado Director de la Academia “Man Césped”, situación desde la cual me vi obligado a analizar la problemática de la educación musical académica en un país subdesarrollado como el nuestro, que muestra las siguientes facetas:

La profesión de músico puro no tiene perspectivas económicas en el medio latinoamericano y aun en el mundo occidental salvo para un número restringido de artistas;

  1. Las técnicas musicales, especialmente las del estudio de los instrumentos, son anacrónicas. La civilización exige medios mecánico-electrónicos para la creación y producción. Cuando se vuela a la luna por control remoto o se hacen operaciones maravillosas con una máquina computadora o una simple de calcular, resulta par el niño inadmisible el manual y rutinario estudio de los instrumentos. En consecuencia, faltan alumnos y los pocos que se pueden conseguir ofrecen resistencia pasiva y subconsciente;
  2. Para desarrollar el talento artístico es necesario que los ejercicios manuales vayan unidos a la enseñanza de complejas ciencias y técnicas; en el caso de la música, el solfeo, la armonía, el contrapunto y las formas musicales cuando menos. Para esta enseñanza faltan profesores sin los cuales todo cuanto se puede hacer en nuestras academias es un amaestramiento momentáneo y al final negativo;
  3. Los recursos económicos son limitados o se administran mal. Estoy seguro que nadie puede imaginar que el Ministerio de Educación y las Universidades de Santa Cruz y Potosí gastan en la enseñanza académica de la música más de un millón de pesos bolivianos al año. ¿Y con qué resultados?

Para formar artistas se requiere del niño de talento –cualquier intento en edad posterior es fallido--; del profesor sabio y de disciplina de trabajo, amén de los recursos materiales. Además, el estudio de las artes tiene que estar ligado íntimamente con el de las Humanidades. La falta de cualquiera de los factores enumerados produce el artista fallido característico de nuestro medio.

Gracias a la comprensión del Dr. Héctor Cossío Salinas, Alcalde Municipal en 1960, conseguí un subsidio para hacer funcionar una Secretaría a cargo del profesor Sr. Augusto Arraya, y el 4° curso de primaria a cargo de la profesora señorita Rosario Navarro, curso que fue llenado con alumnos seleccionados. La educación artística de éstos estuvo a cargo de profesores eminentes como Rafael Anaya, Eduardo Laredo, Blanca Carmona y otros auxiliares. Los niños aprendieron a leer y escribir música fuera de su programa de Humanidades. Luego, “La Escuelita”, como cariñosamente llamábamos al plantel naciente, fue creciendo en cursos y reforzándose en profesores de gran corazón como Nelly de Ayala, en Humanidades, Nora Becerra, en canto; Gastón Paz, en solfeo y coros; Yolanda Fernandois, Graciela y Ana María Alcázar, en piano; Víctor Rodrigo, en violín; Freddy Cortéz y Freddy Araníbar, en plástica; Gogy Rivero, en Inglés; Franklin Anaya hijo y Guido Vega, en Gimnasia; Lila Arzabe, en Danza; casi todos ellos ad honorem. La escuelita rindió frutos en dos años: representaciones teatrales, exposiciones pictóricas, conciertos en La Paz, Oruro y Cochabamba se sucedieron con éxito. Padres de familia y profesores aportamos económicamente para impulsar la experiencia que fue registrada como suceso en toda la prensa nacional y aun en algunos órganos del extranjero. Más de 100 cartas recibieron nuestros Niños Cantores de la Escuelita; recibió también otras invitaciones del Perú y del Brasil. Del paraguay y la Argentina recibimos la visita de profesores que querían informarse sobre el caso. Concedieron becas para nuestros profesores el Instituto de Cultura Hispánica, la Embajada de Checoslovaquia y el Instituto de Educación Musical Interamericano. Para entonces ya se había incorporado como Secretaria la Señora Justy Tezanos Pinto de Cortés, que resultó de positiva importancia para el establecimiento por su talento y su valor de afrontar las vicisitudes. Por no hacer largo este relato, me privo de mencionar a los distinguidos profesores que desde entonces han venido incorporándose a nuestro Instituto.

En materia educativa, “lo que se acepta perfectamente en los libros, sin que siquiera parezca ya original –dice Jacques Busquet—resulta escandaloso cuando se pasa a la práctica.” Y aquí empieza la dificultad. Cuando logramos reunir los factores positivos (alumnos de talento, maestros idóneos y disciplina de trabajo) los profesores de la Academia Man Césped, apoyados por el Jefe del Distrito Escolar de entonces (1962) se amotinaron con la máxima violencia, circunstancia que aproveché para conseguir que, por resolución ministerial, se formase en 1964 lo que es hoy el Instituto “Eduardo Laredo”. Mas si en aquel momento encontramos la comprensión de los Ministros Mario Guzmán Galarza, Ciro Humboldt y la ayuda del dirigente sindical Sr. Humberto Coronel, el resto del tiempo hemos tenido que hacer frente a un boicot casi general cuyos mezquinos pormenores es siempre mejor pasar por alto.

Otro problema de nuestro subdesarrollo fue el de atender a las necesidades materiales. Anualmente tuvimos que habilitar o construir un aula hasta completar las siete que faltaban, dotar de servicios, etc., en el cuartel de los barrenderos de la ciudad en el cual estábamos alojados. Había que adquirir material didáctico empezando por las tizas, instrumentos de música, muebles y útiles, desde el reloj hasta el kardex. Todo ello se ha logrado a base de esfuerzo propio.

“Soñar con el porvenir, pero al mismo tiempo no intentar de inmediato sino lo posible”, es nuestra divisa y política. Los niños que acabamos de seleccionar para el año lectivo de 1971 tienen 9 años de edad. El año 2000 tendrán 39 y estarán en la plenitud de su capacidad creadora. La educación que debemos impartirles hoy debe estar influida de nuestra visión de ese futuro, de nuestro sueño del porvenir. El año 2000, con toda seguridad la técnica, el arte y la ciencia estarán en tanta y continua transformación que el profesional, para adaptarse a las nuevas realidades surgidas del laboratorio, el taller y la industria, deberá ser un estudiante de por vida. Los medios de culturización serán universalmente televisados por medio de satélites. Cualquiera podrá tener en su escritorio o en su mesa-velador un aparato de radio mediante el cual halle respuesta cabal a cualquier consulta, respuesta que le llegará en contados segundos desde una computadora central ubicada en las metrópolis del Mundo; las formas actuales de expresión artística habrán cedido el campo a nuevo estilo informado por la física electrónica y la fotoelectrónica; el pincel o los instrumentos de música actuales serán dentro de un siglo piezas de museo.

En países como el nuestro, se hace casi imposible coordinar el sueño con la realidad. Toda visión del futuro, por objetiva que fuese, es apreciada como una utopía peligrosa para los intereses creados. Y toda visión es batida por la urgencia política. Es por la urgencia política que el gobierno cede a las presiones internacionales, populares y aun sectoriales. Es por esa misma urgencia que centraliza el poder, se agita febrilmente y administra la cosa pública no con los que entienden de los negocios del Estado, sino con las gentes hábiles para la maniobra política. En esas condiciones, las nuevas leyes dictadas con precipitación son insuficientes y se las aplica mal. Los cambios estructurales y de programas de la educación puestos en práctica cada año producen el caos y del caos se sale volviendo a la rutina.

“¿Para qué sirven en nuestros días –se pregunta Le Corbusier—tanta gesticulación, tanta contramarcha, tanto odio y esfuerzos del uno contra el otro, esfuerzos que se anulan mutuamente? Esto es para desesperar a las gentes humildes que son legión. Política, ¡Oh, esterilidad de la política! La Política debe ser la ejecución de un plan. Hay que buscar dónde está el plan real y humano.”

Para mí ese plan –en cuanto a la educación—debe consistir sucesivamente:

1°. En una mejor organización de lo existente;

2°. En una visión ambiciosa de lo posible.

Y antes de todo y para el momento en que vivimos, en la “organización del espíritu, que es el comienzo de toda nueva realidad” y el fruto principal de la labor educativa.

Cochabamba, octubre de 1970

De Paula Zegada Rojas

De Paula Zegada Rojas

Me acuerdo cuando Don Franklin me abrazaba y decía de mis huesudos homoplatitos, que me estaban saliendo las alitas, porque solía llamarnos Angelitos.... ¡Qué buen recuerdo tengo de un buen hombre!
!Un saludo! Fíjese la fotito, que es Invaluable! Ji ji. De Izq a Derecha ClaudiaZabalaga, DanielPerez, Don Franklin, Gustavo Hervoso y Paula Zegada.


Paula. paulazegada@hotmail.com. (Andalucía)

viernes, 9 de mayo de 2008

Franklin Anaya, artista de varias facetas

Franklin Anaya, artista de varias facetas

Por Víctor Rojas Caballero

Víctor Rojas Caballero fundó en los Estados Unidos una sociedad de amigos del Instituto Laredo. Fue el mecenas que hizo posible la creación del Colegio "Franklin Anaya", en Quillacollo. Escribió esta semblanza que es ejemplo de fuerza y concisión biográfica.

El año 1953 los públicos de aficionados a la música quedaron sorprendidos al escuchar al Coro de los Valles: un conjunto de voces escogidas, equilibradas, dóciles y sensibles que interpretó un programa de la más alta calidad y depurado tecnicismo: Oratorios, Madrigales, Motetes, composiciones de los románticos, corales latinoamericanos y composiciones y arreglos sobre temas bolivianos. Los principales críticos aplaudieron la hazaña. Años más tarde, el Coro de los Valles se consagró como expresión de la música boliviana llevada a ese nivel por un artista polifacético: Franklin Anaya Arze.

Anaya lleva el nombre de su padre, el Dr. Franklin Anaya Ferrufino, jurisconsulto de la generación Liberal de Ismael Montes, varias veces Diputado, Ministro de la Corte Suprema de Justicia; en suma, legislador y juez en lo que estas palabras significan. Su madre, que murió joven aún, fue María Arze, de los Arze de Cochabamba que han pasado a la historia con dos grandes hombres: Don Esteban, héroe de la Guerra de la Independencia y José Antonio Arze, líder de la moderna revolución boliviana.

La niñez y la adolescencia de nuestro músico transcurrió en la ciudad de Cochabamba donde nació el año 1912; además en sus campos y sus pueblos que fueron dejando en sus recuerdos la marca del arte vernacular: Aiquile, Mizque, Tarata, todos ellos pueblos del valle cochabambino, son pequeños centros de elaboración de fresca música popular que años más tarde adquirieron en los corales de Anaya forma y pureza de expresión.

Anaya, como Eduardo Caba, Simeón Roncal, Humberto Viscarra, pertenece a la serie de artistas bolivianos que han abierto caminos al desarrollo del arte musical boliviano. Caba, con sus aires nacionales, demostró que nuestra música no es monótona ni triste, como se dice, y que la temática indígena es generalmente mística y telúrica. Roncal creó un estilo ceremonioso y de intención trascendente con sus cuecas a partir de las cuales la música popular boliviana acusa diferencias con las de otros pueblos sudamericanos. Anaya inicia un género boliviano adecuando la armonía moderna a la tradición del folklore aymara-quechua.

Es interesante señalar que entre los años 1928 y 1938, Cochabamba fue la ciudad boliviana donde se produjo una concentración de intelectuales que después han tenido repercusión en la vida nacional: José Antonio Arze, Ricardo Anaya, Carlos y Armando Montenegro, Augusto Céspedes, Augusto y Humberto Guzmán, Roberto Hinojosa y otros, sacudiendo el ambiente apacible de la ciudad del Tunari, realizaron la Reforma Universitaria, enriquecieron la literatura nacional, crearon instituciones culturales, partidos políticos y hablaron un lenguaje nuevo. Es en esta década que Franklin Anaya, adolescente aún, se inicia en la creación musical: con Porfirio Díaz Machicado y Guillermo Viscarra Fabre compone una obra teatral sobre la Navidad en la que la parte poética se halla a cargo de aquellos escritores. Con Carlos y Armando Montenegro derrocha ingenio en las Veladas Bufas de los estudiantes cuyas canciones corrieron de boca en boca en toda la República.

Después de la Guerra del Chaco, Franklin Anaya viajó a Chile donde ingresó a la Universidad del Estado de la que obtuvo los títulos de Arquitecto con Distinción Unánime y “Miembro Honorario de la Facultad de Ciencias y Artes Musicales”. Fue Presidente del Centro de Estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Chile y ejerció decidida influencia en la reforma de su Facultad. Pero entonces, --años de la Segunda Guerra Mundial—Santiago de Chile fue el escenario más interesante de la América del Sud, donde se concentraron exiliados políticos de casi todos nuestros países: de España, de Alemania y también en apreciable número, de Bolivia. En Santiago era pues fácil tomar el pulso de los acontecimientos no solamente americanos, sino también mundiales. El problema político boliviano, creado por el Gobierno de Villarroel y agravado por la tragedia de Chuspipata, preocupa a la opinión pública del Mapocho. Es ese el momento en que se publica el folleto titulado “Hacia la Unidad de las Izquierdas Bolivianas” (1937) suscrito por José Antonio Arze, Franklin Anaya y otras diez firmas, folleto con que se da comienzo al gran movimiento social boliviano. Con el mismo José Antonio Arze, propone Anaya en un Congrso de Intelectuales Latinoamericanos, el año 1940, la creación de una ciudad educacional panamericana cuyo proyecto arquitectónico elabora en colaboración con el arquitecto chileno Luis Viveros Jacques, proyecto que es premiado en la exposición del V° Congreso Panamericano de Arquitectos.

De regreso a Bolivia, Anaya inicia el estudio de la urbanización de la ciudad de Cochabamba, organiza los servicios técnicos municipales, realiza el proyecto de la Ciudad Universitaria de dicha ciudad y construye edificios del nuevo estilo arquitectónico. Aquí, Anaya es introductor de la nueva doctrina de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) que lideriza el Arquitecto francés Le Corbusier. Un estudio de la arquitectura moderna en nuestro país seguramente señalará a Franklin Anaya como uno de sus pioneros, no sólo por sus realizaciones, sino por sus planteamientos en la prensa, en la cátedra y en diversos ensayos. El proyecto de Anaya de la Ciudad Educacional Panamericana fue una anticipación no sólo en cuanto a funciones y formas arquitecturales, sino en cuanto a organización universitaria se refiere.

A Franklin Anaya le correspondió trabajar en la Comisión de Reforma Agraria como asesor de la Subcomisión de Planificación Territorial y Urbana. Ante la citada Comisión, Anaya presentó un proyecto de ley que comprende la Reforma Agraria y la Reforma Urbana, único estudio de carácter técnico que las formalidades políticas se encargaron de ocultar. Por primera vez en Bolivia se plantean los principios de la planificación para el desarrollo nacional; por primera vez también en dicho trabajo se define al país como un conjunto de nacionalidades –la quechua, la aymara, selvícola y blanco mestiza—cuyo desarrollo debe realizarse dentro de su propio proceso vital. Jorge Ovando Sanz recoge los planteamientos sociológicos de Anaya y los desarrolla años después en su libro sobre las nacionalidades indígenas.

En su estudio del “Desarrollo Regional y el IV° Centenario de Cochabamba”, Anaya sostiene que los conceptos de revolución nacional, diversificación y desarrollo económico, nacionalización de medios de producción, democracia, reforma agraria, etc., son meras abstracciones que campean en el código del idealismo si no insertan en las palancas básicas del progreso que son el pensamiento planificador, la energía industrial y las comunicaciones; la falta de dicho pensamiento en el gobierno, de electricidad para la producción y de un idioma común y sistemas expeditos de comunicación social para la formación ideológica y para la organización de las funciones de la vida colectiva, determinan la esquizofrenia de la política imposible de superar sin aquellas “bases obvias” –como llama—de transición del feudalismo a una forma superior de organización económico-social.

Anaya dice que la casa es la sustitución arquitectónica de la madre y su símbolo. La falta de inteligencia espacial, de aptitud para la organización del espacio, es decir para la planificación, que padece el hombre boliviano, Anaya atribuye a la falta de tradición cultural habitacional.

Franklin Anaya fue hasta 1966 Decano de la Facultad de Arquitectura en la cual realizó una transformación no sólo del Plan de Estudios, sino de la vida e ideales de esa institución. Después tiene a su cargo –junto con el Arquitecto Gustavo Medeiros—el proyecto y construcción de la Ciudad Universitaria de Oruro. Simultáneamente dirige el Instituto Nacional de Educación Integral y Formación Musical de la ciudad de Cochabamba “Eduardo Laredo”. Anaya selecciona a los niños de talento general y musical de toda la ciudad y por medio de un proceso de calificación de méritos y de exámenes, recoge en el Instituto anualmente a 30 niños; éstos cursan la escuela primaria y la secundaria llevando las Humanidades en la mañana y las Artes en las tardes. Egresan del Instituto bachilleres en Humanidades y en Música, algunos de los cuales son músicos, los más siguen otras carreras universitarias sin desvincularse de la actividad cultural. “Fuera de llenar en el medio local un enorme vacío –dice Anaya—el Instituto tiene puesta su mira en la necesidad de formar recursos humanos directivos, robustecer en Bolivia la relación del intelectual con su medio social y, sobre todo, defender la mayor riqueza que puede tener un país, cual es la de sus talentos, muchos de los cuales se pierden debido a las situaciones impuestas por el subdesarrollo.”

El año 1959 Anaya ganó por concurso nacional una beca de UNESCO que le permitió realizar estudios de música en Europa. En retribución, creó el Instituto Laredo y reorganizó el Coro de los Valles que, en 1961-1962 llegó a un nivel de actuación digno de cualquier público. El mismo año 1959 publicó en folleto una semblanza biográfica del violinista Jaime Laredo quien obtuvo el primer lugar en el Concurso Mundial de Bruselas; de cuanto se publicara en aquella ocasión, la semblanza de Laredo escrita por Anaya no sólo es lo más conmovedor que se dijo, sino algo que debe incorporarse en los textos de lectura de los niños bolivianos y que debe leer todo padre de familia interesado en la educación de sus hijos. En 1961 Anaya proporcionó al Ministerio de Transportes y Comunicaciones un estudio sobre el Correo, cuyo programa analítico ha servido de base para el diseño de los edificios de correos del país.

De tanta o mayor importancia que su proyecto de Ley sobre la Planificación Territorial y Urbana de Bolivia es su interesantísimo estudio sobre la “Función del Desarrollo Cultural dentro del Desarrollo Integral de Bolivia”, publicado en folleto (1980) por Editorial Universo de Cochabamba. En este opúsculo, Anaya demuestra que “en las condiciones históricas actuales, es el cambio cultural la clave del despertar y progreso de Bolivia, pues en los países semicoloniales y dependientes como el nuestro, la cultura primaria de las funciones de la vida colectiva (habitar en la casa y por extensión en la ciudad, trabajar, recrearse y circular) no sólo es componente del adelanto integral, sino requisito previo para el arranque de un verdadero desarrollo económico-social”. La revista CANATA de la Municipalidad de Cochabamba, en su N° 13, publica otro trabajo de Anaya sobre política cultural, que se complementa con el que acabamos de señalar. En ambos se explica cómo cualquier programa de desarrollo nacional debe abarcar sinérgicamente los cuatro campos de la fenomenología sociológica: económico, social, político y cultural, y cómo este último ha sido marginado de la preocupación oficial, incluso de las Universidades. Refiriéndose a esta contribución de Anaya, el historiador y arquitecto Guillermo Ovando Sanz, escribe en Presencia Literaria (IV/81) lo siguiente: “Es una verdadera lástima que tan importante estudio, que indudablemente quedará como un hito en la bibliografía boliviana, no merezca la edición de 100.000 ejemplares que contribuiría a formar una verdadera conciencia nacional…”. El escritor Roberto Querejazu Calvo por su parte dice: “Con acentuado patriotismo y lógica irrefutable, Anaya llama a la conciencia de los bolivianos… Su opúsculo merece ser leído, meditado y llevado a la práctica por todos quienes tienen influencia directriz en el curso de la vida nacional”. Lamentablemente –añadiríamos nosotros—se trata de valiosas palabras que pocos recogen y menos nuestros gobernantes.

Quiero concluir esta semblanza citando párrafos de la carta que dirige Herman Koch a los alumnos del Instituto de Educación Integral y Formación Musical “Eduardo Laredo”, de Cochabamba. Koch es uno de los destacados educadores de Latinoamérica que reside en Chile, donde ha sido condecorado con la Medalla al Mérito. Visitó nuestro país invitado por dicho Instituto y al retornar a la sede de sus funciones envió esa hermosa carta en la que, refiriéndose a Anaya, dice:

“…Les puedo decir, con la franqueza que ustedes han podido apreciar en mis actuaciones, que ustedes todos, y lo que me ha sido posible abarcar de su maravilloso país, me ha dado nuevamente la fe casi perdida en el hombre, en el espíritu, en la bondad y el amor. Sin embargo, ello seguramente no habría sucedido en intensidad tan marcada, si no estuviese junto a ustedes ese hombre: Franklin Anaya Arze. Estoy segurísimo, que ustedes todos, grandes y chicos, creen saber quién es Anaya, y admirar y amar como yo lo admiro y amo y como todos los bolivianos deberían amarlo, y cómo, no menos, todo latinoamericano debería al menos apreciar, conocer en todo caso; ustedes por cuanto lo ven y tratan a diario, sólo lo pueden querer así como se quiere a un padre. Y como la figura de un padre se agiganta con los años, así también para ustedes, Franklin será cuando ustedes sean mujeres y hombres maduros, el que encarna el espíritu boliviano: grandeza de alma. Estoy cierto que a Franklin poco le gustaría que le dijeran en la cara tales cosas: su casi salvaje modestia le impide reconocer su propio valor, de ahí que estas líneas son sólo para ustedes: aliméntenlas”.

Con las orientaciones de Anaya y siguiendo el modelo del Instituto Laredo, se han creado en Santa Cruz y en Quillacollo, provincia de Cochabamba, sendos planteles de educación integral y formación musical. El de Quillacollo lleva el nombre de aquel ilustre servidor del país.

Cochabamba, 1985

Cómo solfeaba Don Franklin

Cómo solfeaba Don Franklin

De la pedagogia musical utilizada en el Laredo, Don Franklin nos enseño en música a cantar las notas musicales y una escala normal se lee do re mi fa sol la si do, y para solfear todas las notas ( una escala tiene 12) es decir contando con las notas negras, nos enseñó a leer así: do di re mu mi fa fi sol sil la li si do, y todo Laredista antiguo sabe de memoria porque asi se solfea una escala musical cromática.

Saludos, Conejo Rojas.